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La crisis de los dos años

Escrito por: Valeria Calderón de Nenes de Leche

Cuando consideramos que algo va en “contravía” lo llamamos crisis. Y en materia de bebés sí que es cierto. Se escucha a diario sobre la crisis de la llegada del bebé, la crisis o brotes del crecimiento, y la crisis de los dos años, entre otros aprietos.

Si hablamos de crisis como un estado dificultoso y definitivo que pone en grave riesgo la consecución de algo, podríamos pensar que la palabra crisis tal vez suene algo exagerada como para utilizarla en comportamientos normales que llevan a cabo imaginadas personitas revolucionarias que pasan por etapas pasajeras de la vida.

Y es que parece que hay una relación directa entre los dos años de edad y la aparición de las rabietas. El pequeño personaje se reconoce como uno y empieza el camino hacia lo que podrían considerar libertad. La escena se repite en todo el mundo con el ejemplo del supermercado, ¿hace falta mencionar la escena?

Si se pensara en la palabra crisis, a lo mejor se podría decir que son los cuidadores los que entramos en crisis. Y la razón es clara: Si se piensa que se trata de la batalla de los “terribles” dos años y, que ya es hora de poner límites porque los niños entran en una etapa de rebeldía y de desobediencia, incluso hasta se quedaría corta.

Cuando los deseos de los adultos se enfrentan con los de las niñas y niños de esa edad, ellos no suelen entender razones porque tienen las suyas propias, así sean para los adultos algo primitivas. Seguramente esas mismas niñas y niños entenderán más adelante en el momento que crezcan, cuando se les diga que no. Y si volteamos la cara de la moneda, posiblemente seamos nosotros los adultos los que no queramos entender razones, como si alguna fuerza extraña nos llevara de regreso a los terribles y críticos dos años.

Esos años son “terribles” porque los niños necesitan comunicar que están desarrollando un sentido de autonomía; quieren hacer todo solos y decidir lo que quieren y cuando lo desean. Entonces, en vez de prever la típica escena del supermercado, a lo mejor se podría evitar ir al supermercado con la niña o el niño de dos años. En vez de dejar la fina porcelana regalada por la tía en la mesa que justo queda a la altura de las manos del personaje de la edad terrible, se podría guardar en otro lugar mientras entiende que se puede romper si se toma.

Ponerse al nivel de un pequeño bajo una circunstancia denominada “crisis” en vez de hacerles sentir que estaremos ahí para ellos; entender que están creciendo y adquiriendo un elemental y tosco sentido de autodeterminación, que se perfeccionará con los años y que además es absolutamente normal, nos hará más llevadero el momento.

Hay situaciones que no tienen porqué transformarse en batallas. Y están las que no es necesario pelear. Un sí, no cuesta nada si no estamos poniendo en peligro la salud mental del protagonista en crisis. (Que no necesariamente es el bebé).

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